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Cómo afrontar una prueba de aguas abiertas

Cómo afrontar una prueba de aguas abiertas

El triatlón tiene cosas maravillosas: nos pone un cuerpo escultural de adonis que es la envidia de todos los que pasean a tu lado por la playa, nos da alegrías indescriptibles al entrar en meta, nos evita los problemas de gestionar nuestros ahorros porque acaba con ellos… Pero también tiene cosas que pueden suponernos más de un dolor de cabeza.

Entre ellas, la natación en aguas abiertas. ¡Ay amigo! Asumámoslo: El cuerpo humano no está preparado para el medio líquido. Genéticamente, estamos preparados para caminar y para tumbarnos en el sofá, pero no para embutirnos en un neopreno y jarrearnos un kilómetro y medio en aguas abiertas rodeados de gente que está tan nerviosa como nosotros y que no para de dar codazos y patadas a cascoporro. Para que os imaginéis bien como es, vendría a ser como un encierro pero sin toros, sin pañuelos rojos, y en el agua.

Excitante, sin duda, pero con sus riesgos.

Así que lo primero que os voy a decir es que la natación en aguas abiertas hay que entrenarla y mucho. Principalmente, porque del hecho de que hagamos un segmento de natación bueno, puede depender en buena medida que la bicicleta y la carrera a pie posteriores nos salgan bien. Hay una costumbre generalizada entre los triatletas de decir “bah, la natación no te preocupes, que es la maría del triatlón” y nada más lejos de la realidad. Considerar a la natación en aguas abiertas irrelevante es desaprovechar una gran oportunidad de hacerlo bien. Os explico porqué, antes de continuar: imagínate que estás en un Ironman, en el que tienes que nadar 3,8kilómetros. Después te quedan 180 kilómetros sobre la bicicleta y una maratón de nada para acabar. Unas diez horas, aproximadamente. Ahora imagínate que el mar está embravecido, que hay unas olas que parece eso el desembarco de Normandía y que con tanta corriente, probablemente termines nadando más distancia.

Si no has entrenado ese tipo de natación, te vas a agobiar, tus músculos y articulaciones se van a tensionar muchisimo. Vas a acabar el segmento, una hora después, y tu cuerpo va a estar muy tocado. Y como decía hace un momento, solo te quedan diez horas por delante… ¿Es la natación irrelevante? Yo diría que no, sin duda.

Partiendo de esta premisa, de que le hemos de dar importancia y mucha, hay una serie de factores en los que yo me centraría:

En primer lugar, aprender a gestionar correctamente la entrada al agua, y la salida posterior. A priori podría parecer algo sencillo, pero no lo es, y sobre todo si eres novato en la materia. Como decía hace un momento, el inicio de la prueba suele ser un momento de bastante tensión (y precioso, cuántas ilusiones contenidas en apenas unos instantes) en el que la gente está muy nerviosa. Si no estás acostumbrado, te recomiendo que te pongas al lado inverso de hacia donde se gire en la primera boya. Es decir, si ésta conlleva un giro a la izquierda, tú sal desde el lado derecho, el que más alejado está trazando una línea recta. Así evitarás coincidir con el mayor número de personas y te librarás de patadas y golpes innecesarios. De igual manera, yo recomiendo empezar de menos a más, y sobre todo en las primeras pruebas.

Al fin y al cabo esto va de disfrutar y de ir gustándonos poco a poco. Recordad siempre, no somos ni Javier Gómez Noya ni Jan Frodeno, y nuestro objetivo ha de ser disfrutar como niños chicos.

Con la salida, yo le doy mucha importancia a una palabreja muy extraña: la intolerancia ortostática. ¿Qué es? Pues al salir del agua, en el que hemos estado en posición horizonal, hacia un entorno con una presión distinta y en vertical, existe la posibilidad de que suframos algún que otro mareo, visión borrosa y trastornos del equilibrio.

Para evitarlo, el truco está en salir poco a poco –pero sin pararnos en seco- del agua, tomándonos nuestro tiempo. Mejor perder cinco segundos que llevarnos un mal trago. Así mejoraremos la capacidad de nuestro cuerpo para mantener el retorno venoso y la presión arterial.

Por otro lado, el segundo aspecto a tener en cuenta es no agobiarse con el neopreno. Las primeras veces que os lo pongáis notaréis presión, que lo mismo no podéis mover los brazos todo lo que querríais… Pero probad a meteros en el agua. ¡Es una maravilla! ¡Es como una segunda piel! Así que sabiendo que en el agua os va a ayudar muchísimo –os proporciona flotabilidad y mantiene la temperatura corporal- centraros en disfrutarlo. Porque os voy a contar un secreto: nadar con neopreno mola. Y mola mucho.

En tercer lugar, hay que aprender a nadar con drafting. El drafting es aprovechar los pies que tenemos delante para ir más rápido pero sin nadar todo lo que tendríamos que nadar yendo nosotros solos. En bicicleta el drafting te ahorra un 36% de esfuerzo. En el agua, algo menos, pero también ayuda. En este sentido, tenemos tres posibilidades: el drafting de pies, el lateral y el de hombros.

El más hidrodinámico de todos es el de pies, que si lo hacemos bien, mejora hasta en un siete por ciento nuestro ritmo. Y es tan sencillo como ponernos a nadar a diez o veinte centímetros del compañero de delante. Lo más importante para hacerlo bien es encontrar una buena referencia. Si vemos que cada cierto tiempo le vamos dando con nuestra mano en sus pies… es que va más lento de lo que nosotros podríamos ir. Así que adelantamos, y buscamos a alguien de nuestro nivel.

El drafting lateral tiene menos ahorro hidrodinámico, pero quizás es el que más nos permite ir controlando la situación. Es el drafting que más hay que entrenar, porque si vamos muy pegados, podemos darnos demasiados golpes.

Y sobre el drafting de hombros nos permite controlar totalmente nuestra carrera, pero es el que menos ventajas tiene, dado que se ahorra muy poquito.

A partir de ahí, de saber entrar al agua, manejarnos con el neopreno y aprovechar el drafting, yo solo os diría que dediquéis tiempo a lo largo de la semana a nadar en aguas abiertas. Además porque es bien divertido. Todos estamos acostumbrados a nadar en piscinas de veinticinco metros, algunos afortunados en las de cincuenta, y en cambio nadar en aguas abiertas nos brinda sensaciones que no tenemos en espacios cerrados: las olas, las corrientes, el sol en la cara… ¡Probadlo y disfrutad, pardiez!

 

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