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¿Carrera? No, es mucho más, ¡es una aventura en equipo!

¿Carrera? No, es mucho más, ¡es una aventura en equipo!

Si en una carrera no hay algún momento en el que me pregunto “¿qué hago yo aquí?”, es que no merece la pena. Tampoco es una gran carrera si no la termino prometiéndome que no voy a volver nunca más… y una semana después ya estoy pensando en apuntarme otra vez.

En la Powerade Madrid-Lisboa Nonstop del año pasado pasó todo eso. Me acuerdo especialmente de un momento de noche, con la bicicleta al hombro, dentro de un río de barro que me cubría por los tobillos y tratando de encontrar el camino correcto.

En ese instante pensé exactamente eso: por qué no me habría quedado en casa y que no iba a volver jamás.

Pero apenas quedan unos días y estoy realmente motivado con volver a empezar junto a mis dos compis del año pasado, Paula y Alfredo, y un nuevo miembro en el equipo: el ex ciclista profesional Peio Ruiz Cabestany.

No nos lo planteamos en absoluto como una carrera. El año pasado nos encontramos, por sorpresa, subidos en lo más alto del podio de la categoría mixta. Alfredo y Paula son dos máquinas y yo hice lo que pude, que nunca es mucho porque tengo un “motor” pequeño.

Fue muy agradable ganar algo (yo no estoy acostumbrado, siempre acabo atrás), pero el momento más feliz no fue el del podio, sino el de entrada en meta. El verdadero trofeo de esta carrera es cruzar el arco de llegada en Lisboa después de dos días y dos noches de aventuras y que te cuelguen la medalla de finisher.

Eso es lo que hace distinta a esta carrera: realmente es una aventura por equipos. Sí, hay una clasificación, por supuesto, y todo el que guste de la competición no va sentirse decepcionado. Pero es mucho más que una carrera, es una aventura de las buenas.

¿Por qué?

Primero por el formato. Darle el relevo a un compañero, dejarlo “abandonado” en la ruta con su bici e ir a esperarlo al final de la etapa con el vehículo supone incertidumbre: ¿Llegará? ¿Cuánto tardará? ¿Se caerá? ¿Se perderá? ¿Pinchará? Son muchas preguntas que te haces cuando vas en el enlace por la carretera, o cuando lo estás esperando en la meta y te parece que tarda mucho, o cuando se hace de noche y todo parece más difícil… Al final, cuando tu compañero llega, es un momento de felicidad en el equipo. Pero entonces empieza otro relevo y se renuevan las incertidumbres…

Segundo, por la navegación. No basta con dar pedales. Hay que darlos en la dirección correcta. No basta con estar fuerte… Además hay que ser listo. Hay que saber manejar el GPS y los tracks, pero también el sentido común, el instinto de navegación y también manejar las relaciones públicas: se navega mejor en pareja, es importante encontrar en la ruta, especialmente de noche, un buen compañero con el que compartir las dudas sobre el camino correcto. Llegar a la meta es un reto.

Y tercero, por la noche. La noche lo complica todo, especialmente la navegación y las zonas técnicas. De noche, los miedos y las dudas crecen. Y la aventura se multiplica. Tengo recuerdos imborrables del año pasado cuando atravesamos una preciosa parte de Extremadura por senderitos de noche y nos amaneció junto al Tajo… Hacerse de día fue el premio más bello tras una noche de lucha intensa en la que sufrí y disfruté a partes iguales.

Según escribo esto, se me dispara la impaciencia. Quiero que llegue el momento de tomar la salida y volver a reeditar tantas emociones. Creo que las emociones intensas son las que producen recuerdos imborrables. Y creo que una vida llena de recuerdos es la que nos da la sensación de haber aprovechado el tiempo. Envejecer cargado de buenos recuerdos duele menos: tienes la sensación de haber aprovechado tu vida.

Tic, tac, tic, tac…

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