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Y yo pensaba que no podía

Y yo pensaba que no podía

Tengo un “motor” muy pequeño, poco talento deportivo y casi 50 años de edad. Y si rebobino mi vida sólo un par de años, te contaría un montón de mentiras.

Por ejemplo: “No puedo terminar un trail running, ni siquiera uno de los cortitos… Lo más que he corrido son 10 kilómetros y llegué fundido”.

Mentira gorda. En ese mismo 2014, unos amigos me liaron a disputar un trail running de 50 kilómetros, con poco desnivel, la Genaro Trail. Yo me fijé como objetivo hacer la mitad de la carrera y retirarme. La acabé entera. Me envalentoné. En noviembre, seis meses después, me apunté a la Everest Trail Race (seis días corriendo por senderos del Himalaya hasta 4.000 metros de altura) y la terminé.

Otro ejemplo: “¿Acabar un maratón de esquí de fondo? No está a mi alcance, yo esquío muy mal”.

Nueva mentira: este año me apunté a la Border to Border, que completa 440 kilómetros en siete etapas junto al Círculo Polar Artico, cruzando Finlandia desde la frontera con Rusia a la de Suecia. Terminé, y encima el día más largo de la prueba (88 kilómetros) me perdí e hice 10 kilómetros de propina. Casi 100 en total.

Tercer ejemplo: “¿Acabar una carrera de de MTB de una semana con etapas de más de 100 kilómetros? No sería capaz, seguro que un día de más de 100K puedo hacerlo, pero siete…”

Definitivamente, me condeno por embustero: hace pocas semanas he terminado la Genco Mongolia Bike Challenge, una vuelta por etapas de MTB en la que los cinco primeros días se promedian 150 kilómetros por etapa, incluido un doblete espectacular en la cuarta y quinta: 175K+170K…

Presumo de tener una sinceridad a prueba de bomba, a veces incluso inconveniente. Entonces, ¿por qué tantas mentiras?

Simplemente, imaginaba mis límites. Los colocaba donde el sentido común los sitúa: “¿80 kilómetros corriendo? ¡No! ¿100 kilómetros haciendo esquí de fondo? ¡No, no! ¿Etapas de 175 kilómetros en MTB? ¡No, no, y mil veces no!

Es que, incluso cuando lo escribo,  me parece imposible. Imposible para mí, que no te engaño (esta vez no) cuando te digo que no soy un buen deportista. Tengo buena mentalidad, pero muy pocas cualidades físicas. Muy pocas, en serio.

Hay una frase que ha cambiado la historia de España, a veces para bien y otras veces, no. Es esa de “¿A que no tienes arrestos (con h) para hacer esto?” Deberían prohibirla, pero mientras esté en uso, nos pone en peligro, al menos a muchos capaces de arrancarnos por orgullo y embestir bajando la testuz.

Yo estaba sentado en el sofá y en la silla de mi oficina, dejando pasar plácidamente la vida y recordando con nostalgia todo el deporte que hacía de (más) joven, hasta que vino alguien con la frasecita.

Me puse en marcha, creé un programa para motivarme llamado “Full Activity” y llené la agenda de entrenamientos y de retos a corto plazo.

Y ahora me doy cuenta de todos los límites que había imaginado para mí no estaban ahí. Están mucho más lejos. Aún no sé cuánto puedo correr en un día, ni cuánto puedo ir en bici, ni cuánto puedo esquiar, nadar, remar o escalar de tirón. Lo estoy descubriendo.

Pero tengo claro que comiendo bien, cuidándome, con un buen entrenamiento y mucha confianza en uno mismo, los límites están en el infinito. O más allá.

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